Regresión
El otro día volví a aquella sensación, a aquel momento de taquicardia, a aquella soledad y a aquellos momentos violentos que a veces olvido por un momento y pienso ingenua que ya he superado. Fueron segundos, muy intensos, repentinos, como cuando te tiran un cubo de agua helada en un momento en el que estás tranquila y no te lo esperas.
Él aun no ha vuelto de allí. Sigue allí. Sigue bloqueado en el pasado pensando que soy aquella Aroa de 19 años que se escapó por una ventana y nunca más quiso volver (al redil). “No puedes estar aquí así”, “no te has arrepentido”, “aun no nos has pedido perdón”, “vas por el mal camino”, “el diablo te dirige”, “tienes un trauma pero tienes que olvidar y volver”… etc, etc.
Oigo el latido de mi corazón. Respiro. Me digo: “Tranquila, tú ya no eres aquella. Tú ya eres otra persona.” Y mira en lo que te has convertido y cuánto has trabajado en ti para ser quien eres ahora.”
Lo miro mientras él sigue hablando. “No lo escuches”, pienso. Aunque parece que escucho estoy en piloto automático pensando que me da mucha pena lo que estoy presenciando, pero me siento tranquila, en paz conmigo. Lo observo todo desde otro lugar. Ya no hay miedo. Ahora hay una pena inmensa. Soy adulta desde hace rato. Soy responsable de mi misma y esto ya no puede afectarme como antes.
De pronto grita y golpea la mesa. “Otra vez esto! otra vez"!! Dice más cosas pero ya no las recuerdo, mi cerebro las ha borrado. Se levanta y pierde tanto el control que parece que va a romper a llorar. Me quedo mirándolo y tratando de entender lo que dice. Me doy cuenta de que el trauma sigue dirigiendo su vida. Lleva todos estos años sin haber pedido ayuda profesional y sin haber gestionado algo que se le hizo bola hace 25.
Y qué ingenua yo. Qué ilusa. “Viniste a pasar unos días de idílicas vacaciones pensando que te encontrarías lo que siempre has deseado tener, pero eso no existe amiga”. Lo que tienes es lo que tienes y la vida te lo ha puesto ahi para seguir creciendo. Y para seguir aceptando.
Me invitan amablemente a abandonar la casa, pero no de noche porque de noche “no le da la gana”.
Me pide perdón dos veces por el episodio.
Al día siguiente me marcho tranquila. Ella me abraza llorando desconsolada. Me dice que me quiere mucho y le contesto tranquilizándola que ya lo sé. ¿Esto es querer? Pues seguramente sí, pero de alguna forma que yo no alcanzo a entender desde hace mucho tiempo.
Huyo a protegerme como llevo haciendo 25 años de mi vida.